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Tres por cinco mil
Por Hilario González
Al tipo que vende paltas en el pasaje del subte de la estación Carranza le falta un brazo. Lo tengo visto todos los días cuando vuelvo del trabajo. Siempre paso de largo, no soy de comer palta. Todo el mundo dice que hace bien, pero no me gusta la consistencia y el sabor me resulta insulso.
Las cajas de paltas y la gente que se detiene a comprar molestan un poco el paso. Me quedo ahí un poco trabado y, no sé bien por qué, decido que esta vez voy a comprarle.
Este hombre no tiene muñón, es como si desde el hombro le hubieran rebanado el brazo al ras. La musculosa de Megadeth es un oxímoron. De todos modos, con una sola mano se las arregla para seleccionar dos paltas para hoy y una para mañana. Con un truquito de mago, las mete en una bolsa que saca del pantaloncito de Racing en un movimiento fluido que no creía posible. Cuando saca la bolsa, automáticamente, podría decirse, se asoman del bolsillo las orejas de la siguiente bolsa.
—Tres por cinco mil… pero para vos, Larguirucho, tres por cuatro lucas.
Meto la mano en el bolsillo para sacar los billetes y lo miro al manco soteniendo la bolsita con las paltas a la altura de mi cara. Corro la cabeza para mirarlo a los ojos. Hacía mucho tiempo que nadie me llamaba así.
—Larguirucho, ¿no? Larguiruchoooo! Ya sabía yo. Larguirucho hijo de una gran puta.
—¿Maguila?
—Sí, papá. Maguila el gorila.
Con Maguila nos hicimos amigos cuando yo tenía dieciséis o diecisiete años, antes de Malvinas. Él paraba con su barra debajo del puente de Soler, del lado de Dorrego. Yo tenía que pasar por ahí para volver del colegio o de la casa de cualquiera de mis amigos. Mis amigos eran de Belgrano, yo era el único que vivía del otro lado de la vía. Palermo en esa época era otra cosa. En donde ahora está el CEAMSE y la Facultad de Ingeniería de la UCA antes había una villa, la 30, que fue erradicada por completo por los militares. Pero el barrio tardó muchísimo en cambiar.
Maguila era dos o tres años mayor que yo. Se la pasaba todo el día debajo del puente. Iba al colegio León XIII, una escuela técnica, de oficios. Había repetido varias veces la primaria y se rateaba un montón. Fumaba, usaba navaja y tenía una cadena de cinturón. Hacía cuarenta años que no nos veíamos.
—Larguirucho, Larguirucho. Te borraste —me dice.
Maguila me pone una mano sobre el hombro y yo quiero hacer lo mismo, pero me queda del lado sin brazo. Entonces mi mano, que ya se había movido, se desvía y me rasco la cabeza.
—No, Maguila. La colimba, murió mi viejo, me tuve que poner a laburar… —le contesto.
—Si, me enteré de todo eso, pero... igual, nunca más pasaste por el puente.
—Supe que habías entrado a la policía.
—Uy, ya nadie que me conoce sabe eso.
—¿Y los pibes?
—No sé mucho. Ranking murió en Malvinas, Luisito se fue a vivir a Tucumán con un tío. Supe que tuvo tres nenas. Bueno, ya deben ser mujeres.
—De Ranking sabía. Mi vieja compraba en la verdulería de los viejos. Y Luisito, mirá vos, tres nenas… Luisito que no la ponía ni con Romina. ¿Cómo se llamaba ese que era hincha de Atlanta?
—Romi se metió en la fuerza. Yo entré por ella.
—¡Mira vos! ¿Y Cimino?
—Uf. Muerto. Hace mil años. Un cuchillo en el cuello le clavaron en la cárcel.
—Terrible... Se veía venir. Qué malandra ese Cimino.
—Todos íbamos a terminar mal, Largui. Salvo vos, el chetito que estudiaba.
Mi vieja no quería saber nada con que yo me juntara con esa barrita de atorrantes. En realidad, creo que nunca lo supo. O puede ser que sí, que mi hermanito le haya ido con el chisme. Pero nunca me dijo nada, creo que para no abrir un frente de problemas conmigo. Mi viejo tenía cáncer y entre tantos quilombos se ve que me descuidó un poco. Cada vez que pasaba por el puente los pibes me bardeaban. Les tenía miedo. A veces pasaba corriendo por donde circulaban los autos o me daba la vuelta larga para cruzar por la vía de Santa Fe.
Con mis amigos del colegio una vez nos anotamos en un campeonato de siete del León XIII. Éramos buenos de verdad en cancha chica. Había dos zonas de seis equipos, todos contra todos, y los dos mejores de cada zona iban a semifinales. En el cruce en semi, nos tocó con el equipo de Maguila. Él atajaba. Era muy bueno. Tenía los brazos bastante largos para un pibe de su edad y las manos eran enormes. En los centros salía a cortar sin miedo y agarraba la pelota con bastante seguridad, nada de despejar con los puños. Se había ido a probar a Excursionistas y había quedado, pero no siguió yendo porque los amigos lo tiraban para la vagancia. Perdimos la semifinal. Ajustada. Nos cagamos a patadas. Eran locales. Nadie lloró. Tal vez por eso me gané el respeto de la barrita del puente. Ya no me molestaban, me empezaron a saludar. Y al poco tiempo me daban charla y me quedaba a ranchear con ellos. Siempre cuidando de no volver tarde a mi casa.
Después es verdad que entré a la colimba y desaparecí y enseguida murió mi viejo. No bien me largaron del ejército, me puse a laburar. Seguía yendo a la facultad, pero no aprobaba ni una materia. Al principio trabajé de cualquier cosa: de cadete en una funeraria, atendiendo un kiosco, de administrativo en una agencia publicitaria. Hasta que pude entrar al Ministerio. Eso son otras historias. A la barrita del puente no le di más bola.
—Hace rato que te veo pasar por acá, Larguirucho, pero no estaba seguro si eras vos. Estás cambiado, más… no sé. Sos un señor, chabón. ¿Qué hiciste de tu vida?
—Mirá vos, nunca te registré. Y ahora que te veo bien… vos no cambiaste mucho.
Salvo por el brazo, le quiero decir, pero no sé cómo entrarle a la pregunta.
La gente que pasa por el túnel nos esquiva. Alguno que otro se para a mirar las paltas y sigue de largo. Maguila le vende cinco paltas duras a una chica rubia que no se saca los auriculares y no pregunta si están bien para comerlas hoy o cuándo.
—Gracias, piba, que tengas un buen día —le dice Maguila, pero la chica ni lo mira—. Ahora que sonreís, te veo bien, Larguirucho. Pero casi siempre estás con cara de orto. No lo tomés a mal, yo miro mucho a la gente, aprovecho porque la gente no me mira. Andás, no sé, como enojado, ¿qué te anda pasando? Perdón que me meta. Los otros días vi que traías un zapato distinto al otro y pensé… este tipo…
—¡Uy! Sí, sí… vos sabés que me di cuenta recién cuando volví del trabajo. Tengo muchos quilombos en el laburo, Maguila, gente a cargo. Me preocupo por muchas cosas, boludeces al fin y al cabo —digo al final, porque en ese momento pienso que Maguila vende paltas en la calle y que mis problemitas son…
—¿Qué haces, Mancuso? —nos interrumpe el grito de un tipo vestido con un traje celeste claro, sin corbata y zapatos puntiagudos marrones—, ¿tenés lo mío, maravilla?
— Sí, capo, —le contesta Maguila— Pará que ya vengo, no te vayás a ir, cuidame el puesto.
Y se va al trotecito para el final del pasillo sin que pudiera decirle que estaba apurado. El tipo de traje me mira y yo le sostengo la mirada.
—Una fiera el Mancuso, me consigue lo que le pida
—Mirá vos.
—Es un delincuente, no sé de dónde lo saca. Le pidas lo que le pidas, te lo consigue.
—¿Y por qué Mancuso? No se llama así.
—Porque… ¿Qué, sos amigo del manco?
—Ponele, cuando éramos pibes. Es buen tipo.
La silueta de Maguila se recorta en la luz del fondo del túnel. Viene con algo entre los brazos. Una caja, debajo del único brazo, en realidad. Antes de que estuviera cerca, le digo al trajeado:
—No le digás así, se llama Alejandro.
El tipo no dice ni mú.
—La caja de Chandoncito extra brut para vos, Mancuso —le dice Maguila al trajeado devolviéndole el apodo.
El tipo me mira de reojo y levanta las cejas.
—Gracias, Mancu. ¿Te transfiero o preferís taca taca?
—Transferí, nomás, mostro. Al de mi señora, adelina.Suarez.mp, lo tenés. Y ya sabés, lo que quieras de esa lista que te pasé, cuando quieras.
—Genio, Mancu. En la semana capaz te pido algo de eso que me diste el otro día.
El trajeado le da un apretón de manos a Maguila y un choque de puño. Me dedica una guiñada de ojo y se aleja por el túnel con la caja de Chandon bajo el brazo, mientras saca el teléfono del bolsillo del pantalón y se pone a ver la pantalla. Maguila me mira y nos quedamos así, sonriendo, sin decirnos nada.
Una mujer de rulos largos y pantalón ajustado le pide dos paltas que no estén muy maduras, pero tampoco tan duras, que quiere una para la noche y la otra para el desayuno, que las de antes de ayer estaban medio insípidas. Maguila le pide que no toque, por favor y selecciona dos que la mujer rechaza.
Le quiero preguntar por el brazo, por la Romi, que le gustaba. Pero no sé cómo encararlo. También quiero saber de Vanesa, la que me gustaba a mí.
Los ojos de Maguila tienen alcohol. Tiene el pelo largo, sucio y enredado. Le faltan todas las muelas de un costado de la boca. La musculosa de Megadeth tiene manchas de remolacha o de sangre. El pantalón de Racing está descosido en una pierna. Maguila era de San Lorenzo, según me acordaba. Al final la mujer de rulos se convence porque Maguila le ofrece cuatro paltas al precio de tres.
— ¿Qué es esto, Maguila? ¿Paltas y champagne? —le pregunto.
— Qué se le va a hacer, Larguirucho. Es así, nomás.



"La musculosa de Megadeth es un oxímoron." Genial.
❤️