¿Cuánto comen los escritores?
Caminé menos de media hora
Por Franco Filip
A principio del año pasado me anoté en un taller de escritura. Era los martes de 19 en adelante. Le consulté al profesor por lo de en adelante y me dijo que dependía de la duración de los textos, que todos leían lo que llevaran. Me anoté porque una amiga que es maestra y que lee, me insistió en que me haría bien un taller de ese estilo, o tal vez dijo tipo. Que mi amiga haya visto -leído- en mis textos de Whatsapp algún potencial literario podría ser o bien una muestra de su generosidad o bien pura ignorancia.
En cualquier caso los martes empecé a cursar mi taller de escritura en un departamento de una esquina de Palermo.
El grupo de escritores o futuros escritores era bastante variado, hombres y mujeres, algunos pisando los cincuenta, otros llegando a los cuarenta con bastante del promedio y un par de excepciones. Una de esas excepciones era Lela -así le decían, no lo inventé yo- que tenía tal vez unos sesenta, era maratonista y -al menos en sus textos- contaba que jugaba los miércoles al básquet en una liga que llamaba mixta. De todos mis compañeros y compañeras Lela fue con la que más hablé, incluso la acompañé algunas veces hasta el auto y al momento de despedirnos, es decir al momento de ir a tomarme el 152, siempre chequeaba su celular y tenía una cena en algún lugar opuesto a la zona de mi casa. Mi barrio desde hace algunos años es Saavedra, vivo a pocas cuadras del parque. La primera vez que le conté donde vivía, en una de esas caminatas, me dijo, es medio feito por ahí ¿no? para no ser descortés le dije que sí.
El grupo me parecía bastante consolidado, nunca me quedó claro si me dejaron entrar porque habían echado a alguien, si alguien se había muerto o era simplemente que habían aumentado las expensas en el edificio del profe. Lo cierto es que me recibieron y después de preguntarme a qué me dedicaba y en qué colegio había estudiado, donde vivía, qué había leído más o menos y si conocía a una poeta llamada Lorena Paola o Lorena Paula (o algo así) finalmente terminaron por incluirme en su grupo de Whatsapp.
Una de las primeras interacciones fue la organización de un asado en la casa de uno de los chicos más extrovertidos del grupo, es decir, su líder. En el primer mensaje dijo que él se podía ocupar de todo, que solo confirmaran la asistencia para el sábado al mediodía. Siendo otoño la idea era aprovechar el sol y no hacerlo de noche.
Cada uno de los que confirmaron asistencia -fueron nueve o diez personas- ofreció llevar algo para complementar el asado. Parecía como si los platos que ofrecían llevar ya los conocieran entre ellos aunque a mí no todos me sonaban conocidos. Uno escribía el nombre de una ensalada en francés y todos se lo festejaban. En paralelo y por privado el organizador me preguntó si yo podía encargarme de comprar la carne y de hacer la parte de la parrilla. Como era nuevo en el grupo y no me pareció ubicado preguntarle entonces de qué se iba a ocupar él le dije que no tenía problema.
Siempre me gustó ocuparme de la comida. Desde chico me gustaba acompañar a mi mamá a hacer las compras. Me acuerdo que íbamos a una verdulería en una esquina frente a la estación de Lugano, sobre la calle paralela a la vía. Uno de los verduleros tenía guardapolvo azul oscuro y usaba una libretita para anotar el pedido, el lápiz después lo guardaba detrás de la oreja y la libreta en el bolsillo del guardapolvo. En una de las paredes despintadas colgaba un cuadro de cinco rockers de pelo largo desparramados por una habitación llena de colores. Muchos años después me reencontré con esa foto en la tapa del disco Dirty Work.
¿Cuánto comen los escritores? Calculé medio kilo de carne cada uno y algunos chorizos, algo -lo que hubiera- de mollejas y dos provoletas. El viernes a la tarde cuando volví de trabajar fui al Coto de Cabildo y Besares con un carrito y agarré lo que me pareció mejor de todo lo que había ¿Comerán achuras? No estaba tan mal, dos lomos enteros de dos kilos y algo, provoletas de las Santa Rosa (las del borde marrón), un matambrito de cerdo, una molleja congelada y dos paquetes de chorizos bombón de esos que -dice Coto- son de cerdo. Por las dudas que el organizador se hubiera olvidado de pedirme compré un kilo de pan en un chino.
Lela, por lo que me dijo cuando le escribí el sábado a la mañana, tenía el auto un poco lleno así que aproveché y me tomé el tren Mitre que hacía un montón que no me tomaba, la casa del organizador era cerca de la estación de Acassuso, no me costaba nada cargar las cosas en un bolsito y caminar un rato.
Una de las primeras veces que me ocupé de las comidas fue en Villa Gesell, era muy chico, tendría unos diez, once años. Alquilábamos un dúplex de espaldas a la playa y a cinco cuadras del centro. Sobre la Avenida 3 -la principal de Gesell- estaba La Jirafa Azul, un restorán factoría de esos que apoyan las milanesas en la mesa antes de que termines de pedirlas. En una entrada lateral, La Jirafa despachaba comidas para llevar. Elegías, pagabas en la caja y en el mostrador te entregaban una bolsa de nylon con todos los recipientes plásticos transparentes llenos de comida. Pastas, ravioles, milanesas, canelones, pollo y papas fritas. Alguna ensalada no del todo lavada y, si daba el presupuesto, de vez en cuando una porción de rabas.
Llegué a la estación a las once y algo y caminé menos de media hora. Había un portón negro con un timbre que decía “no funciona”. Adentro -o por arriba del portón- se escuchaba música lejos. Golpeé el portón con la mano y esperé un rato, como no me abría nadie mandé un mensaje al grupo diciendo que estaba afuera y al ratito vino a abrirme una de las escritoras.
Saludé a todos. Se habían puesto en una especie de ronda y le llevé las cosas al organizador al quincho. Él estaba lavando unos vasos en la pileta, me abrazó y me dijo algo como gracias por venir, me mostró con la mano abierta dos bolsas de carbón que había en el piso y con un gesto en la cara que era como de duda me preguntó si yo me animaba a encarar el tema.
Me saqué la campera y la dejé sobre una de las sillas del quincho, en la mesa del quincho había muchas ensaladas y tuppers cerrados. Sobre una fuente unos panes de salvado y en otra fuente unas galletas que no terminaba de identificar si eran de arroz.
Una de las chicas vino a buscar un vaso y se llevó uno de los tuppers con un poco del pan en la mano.
Prendí el fuego con el poco papel que encontré en el piso y con el carbón fui haciendo una montaña arriba. Cuando vi que el fuego empezaba a salir por los espacios que dejan los carbones salí a respirar un poco y a tomar un vaso de algo.
-¿Qué compraste? -me dijo uno de los escritores.
-Matambre, lomo, una molleja, chori.
-Después hagamos cuentas.
-Dale, sí.
-¿Querés tomar algo? ¿Qué tomás?
-Cerveza o agua.
-Hay unas cervezas en el freezer del quincho me parece.
Hice un gesto como de ir a buscarlas pero me dijo que me quedara que me la alcanzaba.
En el parlante que había puesto el organizador sonaba una música en portugués. Se preguntaron entre todos si habían llevado texto y la mayoría había llevado. El organizador propuso leer dos mientras comíamos la entrada. La mitad de los dos textos me los perdí porque quería apurar el asado. Me levanté sin decir nada y fui a poner los chorizos, las mollejas y la carne. Hice poco ruido cuando lo apoyé en los fierros pero no quería seguir demorando.
Una vez acomodada la parrilla volví a sentarme a la ronda, estaban hablando de uno de los textos y de su autor,al que criticaban bastante. Me pareció que criticaban más a él que a su texto. Sobre el mantel de la mesa de afuera ya estaban servidas todas las ensaladas y destapados los tuppers. En distintos cuencos estaban las galletitas de salvado. Una de las chicas había llevado una mousse de remolacha y otra hummus de garbanzos y pera. En una de las fuentes más grandes había una ensalada de papa medio hecha puré que por lo que decían era una receta alemana muy conocida. La probé y me pareció un puré con perejil.
Cuando volvía de La Jirafa apoyaba la comida sobre la mesa del duplex y mi familia se sentaba a comer. Algunas veces iba con pedidos y otras me delegaban la elección por lo que con el tiempo fui memorizando los gustos de los cinco. Después de comer íbamos con mi hermano a Enjoy y con los pesos que nos daba mi viejo comprábamos cinco fichas cada uno y las hacíamos durar lo máximo posible. Una de esas veces en lugar de comprar fichas fui a la librería Bohm y me compré un libro de Richard Bachman.
Lo primero que saqué de la parrilla fue el matambrito de cerdo y la molleja. Procuré dorarlos por afuera y dejarlos tiernos por dentro. Las mollejas tenían un tono marrón y el matambrito un poco más oscuro. Lo corté en pedazos, le chorreé limón y dejé todo sobre la tabla de madera para que pudieran servirse con tenedores o con la mano. Llegué a la ronda y dije algo así como bueno, quién quiere servirse. Fui recorriendo la ronda en sentido horario ofreciéndole a todos. Una de las chicas agarró un pedacito de matambre y otro de molleja, el resto me dijeron que esperaban la carne. Entré al quincho y me comí lo que había llevado con un poco de pan del chino mojando el lado de la miga en la grasa mezclada con la sal y el limón. Salí de nuevo y pregunté quién quería que le preparara un choripan. Dos de las chicas y uno de los chicos me dijeron que querían. De la mousse de remolacha no quedaba nada. Lela estaba con lentes oscuros y tomaba sol, como si fuera parte de otra reunión.
Hubo una vez que volviendo de La Jirafa de noche me caí. Venía por la vereda y en una esquina la vereda bajaba a la calle con una especie de barranca llena de pasto y en la misma barranca había unos troncos hincados en el piso con la parte de arriba cortada en diagonal. Los típicos troncos que ponen en los espacios de pasto para que la gente no suba los autos. No sé si no ví el desnivel o si calculé mal la distancia pero de repente sentí que el piso me tragaba y pegué de costado con uno de los troncos. La bolsa con la comida se me cayó en el asfalto y se desparramaron todos los ravioles con crema. La gente que me vio se acercó a levantarme y yo con un dolor en las costillas insoportable fui tratando de levantar los ravioles para no llegar sin comida. Cuando llegué al duplex tratando de estar erguido y con la cara seca puse la mesa como si fuera una noche más, abrí la bolsa y los recipientes de ravioles.
Había pocos. Me tapé la cara con las dos manos y me puse a llorar.


