Avión y caca
Otra vez fueron felices
Por Leandro Katz
—¿Cómo se va a llamar? —preguntó Jana.
—No se dice antes del bris. Mañana se van a enterar —les dije.
—Mañana no, ahora —pidió.
—¿A ustedes cómo les gustaría que se llame?
—Caca —dijo Dany.
Sus hermanos y yo nos reímos. Él no, aparentemente hablaba en serio.
—¿Caca Abadi? —le pregunté.
—Sí —contestó y ahí él también se puso a reír.
—Aharoncito, ¿a vos qué nombre te gusta?
—No sé —respondió y los ojos se le llenaron de lágrimas. Era el único que no conocía la experiencia de tener un hermano más chico.
—¿Estás bien?
La pregunta hizo que se pusiera a llorar. Me acerqué a su cuna y le acaricié el pelo. Aharón no se calmó hasta que le hice upa, apoyé su cabeza en mi hombro y me puse a caminar por la habitación. Me dijo: Extraño a mami.
Mi primera reacción fue responderle “yo también” pero alcancé a prever que con esa respuesta todos nos pondríamos a llorar y tiraría por la borda el buen trabajo que venía haciendo.
—Antes de venir a casa estuve hablando con mami y me dijo que los quiere mucho y que tiene muchas ganas de verlos. Cuando se levanten mañana vamos todos a ver a mami y al bebé.
—Al bebé, no —dijo Dany.
—El bebé va a estar con mami —respondió Jana.
—No lo quiero ver.
—Tengo algo para contarles pero no se lo tienen que contar a nadie. ¿Está bien?
La propuesta logró captar su atención. Hasta Aharón dejó de llorar y me miraba. Le sonreí y lo volví a acostar. Se sentó en la cuna y se quedó tranquilo.
—¿Quieren que les diga qué nombre le vamos a poner al bebé?
—Pero dijiste que no se podía —dijo Jana.
—Tenés razón. Igual, todavía no sabemos así que esto se los puedo contar. Estamos entre dos: nos gustan Tobías y Jonathan. ¿Ustedes cuál prefieren?
—A mí Tobías me gusta porque le podemos decir Tobi —dijo Jana.
—Jonathan —dijo Dany.
—¿Te gusta más?
—No, porque es más feo.
—Ok. ¿Y vos Aharón?
—Tobi.
La votación quedó dos votos contra uno y perdió el hermano del medio. El peor escenario. Si el bebé terminaba llamándose Tobías quizás le habríamos creado un trauma a Dany o tal vez no pasaba nada y sería una de las tantas cosas que nadie recuerda de su infancia y no tienen ninguna influencia posterior.
—¿Quieren que me quede hasta que se duerman?
—Sí.
Me acomodé en la silla y entrecerré los ojos.
–Pá —me llamó Jana.
—¿Qué pasa?
—¿Nos contás un cuento?
—Digan una palabra y un animal.
—Yo de palabra digo papi y animal, perro.
—¿Dany?
—Avión y caca.
—Caca no es un animal. O sea, todos los animales hacen caca pero tenés que elegir uno.
—Bueno, perro.
—¡Yo dije perro! —se enojó Jana.
—Puede haber dos perros, no hay problema.
Por un instante creí que la situación se me iba a ir de las manos pero los dos estuvieron de acuerdo con que hubiera dos perros. Iba a empezar a contar pero Aharón me interrumpió. Me sorprendió porque estaba tan sensible que creí que no iba a querer participar.
—Yo digo mami.
—Mami. ¿Y animal?
—Oso.
—Ok. Tenemos papi, mami y avión. Y perro 1, perro 2 y oso. Es el cuento más difícil que me toca contarles porque tenemos a papi y mami y dos perros. Es una prueba casi imposible…
—Si querés no digas las mías -dijo Jana.
—No hay problema, Jani. Vamos a ver qué sale. Había una vez un perro y una perra que tenían muchos cachorritos. ¿Quién dijo perro?
Jana y Dany levantaron la mano.
—¿Qué son cachorros? —preguntó Dany.
—Hijitos —respondí.
—¿Cuántos tenían? —dijo Jana.
—Diez —contesté.
—¿Y los querían a todos?
—¡Claro!
—Yo dije oso -dijo Aharón.
—Ya va a llegar. Déjenme seguir contando. Esta familia de perros vivía en un bosque muy especial. Era el bosque nacional de perros, un lugar donde tenían todo lo que querían: había huesos, pelotas, muñecos de peluche, almohadones, casitas para dormir, juegos para saltar. Eran felices hasta que un día pasó un oso manejando un avión —Aharón sonrió cuando escuchó la palabra oso y Dany cuando dije avión—. Ninguno de los perros había visto nunca un avión y el papá perro...
—¿Cómo se llamaba?
—Guillermo.
—No es nombre de perro.
—Ok, ¿cómo se puede llamar?
—Manchita.
—Manchita vio el avión y quiso tener uno. Y ya no podía dormir por las noches porque su sueño era volar. De pronto se dio cuenta de que no era feliz y que nunca iba a serlo si no volaba en avión así que un día le dijo a la familia que tenía que hacer algo muy importante y que volvería pronto.
—¿Se fue?
—Sí.
—Que no sea de llorar —me pidió Jana.
—No, no. Esperen que sigue. Manchita se fue y se puso a buscar un avión por todos lados. Caminaba día y noche pero no lo podía encontrar. Hasta que un día se encontró con el oso y le preguntó: ¿vos sos el oso que manejaba el avión el otro día? Sí, le respondió el oso. Te vi y mi sueño es poder volar, le dijo Manchita. Entonces el oso lo llevó a un lugar que era como un granero. Abrió la puerta y le mostró un pequeño avión para dos personas. Manchita estaba muy contento y le pidió que le enseñara. El oso le enseñó a volar aunque eso llevaba varias semanas…
—Pá, Aharón se durmió.
—Dejá, no lo despiertes. Manchita practicó hasta que estuvo listo. Se sentó en el asiento del piloto… y salió volando.
—¿Por el cielo?
—Sí. Al principio le gustó pero después se dio cuenta de que no estaba contento.
—¿Le dio miedo?
—No, extrañaba a su familia.
—Y que los vaya a buscar.
—Claro, eso pensó. Entonces le dio las gracias al oso y se despidió para volver a su casa.
—¿En avión?
—No, el avión era del oso. Pero volvió caminando y no sabía cómo lo iban a recibir porque se había ido mucho tiempo pero cuando llegó todos se pusieron contentos de verlo y Manchita tuvo una idea. Fue juntando los materiales y empezó a construir un avión.
—¿Cómo sabía hacerlo?
—Con un video de YouTube. Le llevó un montón de tiempo hasta que al final estuvo terminado: un avión para doce personas para volar con toda la familia. Y todos se subieron y el avión arrancó y fueron por el aire a visitar al oso y volvieron a casa y otra vez fueron felices. Y chin..
—Pun.
—Termi…
—Nó.
—A dor…
—Mir.
Los chicos estaban acostados y en silencio. Había logrado darles de comer, cambiarlos y llevarlos a la cama y ahora se estaban por quedar dormidos. Algo trivial para cualquier padre para mí era un acontecimiento extraordinario. Y lo había logrado solo. Y no tenía testigos que luego pudieran contar mi hazaña ni espectadores que me felicitaran o me palmearan en la espalda. No hacer una de más ni de menos. Ni quitarse la pelota de encima ni hacer un lujo innecesario. Hacer lo que pide la jugada y estar satisfecho. Quizás el éxito, en realidad, fuera eso.


