El factor Pauls
Daré una respuesta larguísima
Nunca lo publiqué, pero en un pico de optimismo dandi me tomé un avión de Barcelona a Berlín para entrevistar a Alan Pauls. La idea —como siempre, hiperbólica— era escribir un libro. Se llamaría El factor Pauls. La tarea me excedía por completo. Debería destinar dos años, o tres, para decir algo consistente sobre Pauls. En ese momento (marzo de 2022, a mis 39 años) el desparpajo no me importó. Intentaba replicar una entrevista que Pauls le hizo a Aira. Eso le dije en el mail con la propuesta. Mi viaje no era en colectivo a Flores, sino en un jet de Ryanair a la capital más hípster de Europa. El viaje, además, es inseparable de mi amigo lituano Kris Bartkus, a quien conozco desde Iowa City.
Kris me alojó en su casa. A lo largo de los años los temas de conversación se mantienen: el amor, las novelas en curso, los autores urgentes. Nada demasiado original. Le llevé una copia en inglés de El pasado. “You have to read this, dawg”, le dije. Con Kris practico un slang yanqui que me daría vergüenza usar con otra gente. En ese momento Kris vivía con Susan, su novia anterior, y con Karl, hijo de Susan. Una de las prácticas amatorias de la pareja era salir de pesca al Kit Kat, la discoteca sexual con cierta fama en Berlín. Ese fue el plan durante esos cuatro días. Verme con Alan, extraer material para El factor Pauls, y de noche, vestido con pantalones de cuero y una remera dorada (hay fotos), explorar los límites de mi supuesta condición aventurera.
¡Oh! ¡Estoy hablando —*otra vez*— de mí y no de Pauls! Noté que algunos seres critican la ubicuidad del yo. A veces estoy de acuerdo. El yo es agotador. Pero no es la obstinación autobiográfica lo que achata a literatura (ver: El giro autobiográfico, de Alberto Giordano). Es (en todo caso) la impericia de los ejecutantes. Si el yo está bien escrito, ¿cuál es el problema? Yo defiendo la frase, la música, el ritmo, el placer. El género me importa, pero menos.
Pero me estoy desviando. Insisto: esto aún podría ser un libro. Meses después, con unas pocas páginas escritas, se lo ofrecí a Leonora, de Eterna Cadencia. Siempre con elegancia, me rechaza libros desde 2009. No lo veo para la editorial, me dijo. Pero vos seguro encontrás dónde publicarlo. Aún pienso que vale la pena. Me encantaría despejar unos meses para elaborar ideas. Sueño con eso. Un libro alanítico. Van algunas claves de lo que será El factor Pauls.
La tesis es deportiva. Pauls es el gran tenista de la literatura argentina. Las frases largas, como los puntos largos —sobre todo en polvo de ladrillo— son un acto de belleza rebelde. Lo que podría decirse en dos plumazos —llamemos a esto “información”— Pauls lo demora, lo aumenta, lo multiplica. No sólo en El pasado, libro que le regalé a Kris en inglés, sino en todo. En la trilogía —Historia del pelo, Historia del llanto, Historia del dinero— en las primeras novelas, en los ensayos de Temas lentos, en el elogio de la lectura que es Trance, en La vida descalzo. Y también —supongo, aunque no lo leí, porque no llegó en papel a Chicago, y no eduqué el temperamento para leer en el Kindle— en su libro más reciente: Alguien que canta en la habitación de al lado.
¿Cómo se reconoce a un autor? ¿Qué es una voz? Esas preguntas —tan comunes en clases de literatura, en talleres— se responden siempre a medias. Se usa “voz” para decir cualquier cosa. Pienso en la voz paulsista. Pienso en tenis.
En este párrafo defenderé “la frase larga”, pero no me animo a definirla. Es tarde a la noche, prometí esta nota hace dos horas: no hay tiempo. Juro tener una definición impecable para la salida del libro. Mientras tanto, una confesión. Estoy armando un taller de frase larga. Ya tengo un documento de Scrivener en el que hago acopio de citas. Empecé con Alan. El procedimiento es el siguiente: selecciono, transcribo y estudio. Las convierto en fórmulas menos gramaticales que intuitivas. Después hago versiones, me alanizo. Con esta misma metodología aprendí a tocar jazz en la guitarra entre el año 2000 y 2006. Cualquier jazzero lo sabe. Primero se oye el solo. Después se lo lleva al instrumento. Último la apropiación. Así alargo mis frases. ¿Para qué? Todavía no estoy muy seguro. Doy un ejemplo:
“Enumeración negativa [ni ni ni]”
Cita de Pauls, La mitad fantasma:
“No le gustó mucho el barrio a Renée, ni que la casa estuviera en una calle con nombre de fecha, ni el pequeño jardín de la entrada y el diorama espontáneo con que dramatizaba su propio devastado paisaje interior —matas de maleza salvaje fagocitando con ímpetu selvático un par de canteros de rosas exangües—, ni el pasillo lateral de viejo ladrillos oscuros que se hundía diez metros en el pulmón de manzana y llevaba a la casa, con su enredadera colonizando paredes y techo, una de cuyas ramas le rozó sin lastimarla la mejilla más gastada por las semanas de llorar, ni el adoquinamiento irregular del piso, que la hizo tropezar y aferrarse a él para no caer, como en una página fácil de novela sentimental.”
Versión (beta) mía (de mi Diario de campus): “No voy a extrañar las cordilleras de nieve sucia, ni que la Green Line estuviera siempre meada, ni la cola insufrible en el Jewel Osco —donde hubo un tiroteo pero me lo perdí—, ni la campera de invierno (no entraba en el lavarropas, jamás la lavé) en uso desde enero hasta mediados de marzo, ni la culpa por sentirme el tío de mi hijo cordobés”.
La frase larga a veces funciona como plano secuencia: una misma toma, sin corte, con movimiento y reencuadre, durante la cual transcurre la acción. Aprieta, aumenta la tensión, seduce. Recientemente todo el mundo se fascinó con Adolescence, la serie de Netflix. Varios maestros del cine emplearon ese recurso tenístico —la suspensión, lo que no da respiro— mucho antes de que el mundo celebrara este hallazgo. Pauls alarga las frases desde El pudor del pornógrafo, de 1984. La frase larga en Pauls posterga el remate, el placer, exige una lectura tántrica. ¿Pero para qué sirve alargar? ¿No es mejor la brevedad? En mi libro daré una respuesta larguísima, llena de derivaciones y riqueza académica. Ahora sólo me remito a decir esto: no. La brevedad es un síntoma. Estamos enfermos de eficacia. Dañados por la brevedad. Faltan años para que algún buen estudio neurológico confirme lo que todos sospechamos: que el teléfono —luz narcótica— nos vuelve idiotas. Ya sé, todas las tecnologías tienen sus detractores. Nada más común que declarar el “fin”. No estoy en contra de los “avances”. La fotografía fija convirtió a los retratistas en fotógrafos y habilitó la pintura abstracta. Nada jamás muere, etcétera. Sin embargo, lo breve me hartó. El tecnicismo de la frase larga —lo que podría llamarse “tenisismo”, relativo al tenis— cumple una función. Pauls no estira las oraciones sólo porque puede hacerlo (como contando guita: lo que hace tan bien el personaje de la Historia del dinero). La frase larga es un método compositivo. La subordinación, una forma de la geología, es creadora de riqueza. Compacta el sentido. Va un ejemplo. Está al inicio de Historia del pelo. Funciona, a mi entender, como plano secuencia:
“Acostumbrado a trabajar solo, a ser su propio patrón y no tener socios, le cuesta confiar en el tipo de sociabilidad de la que hace alarde el teatro, a la vez incondicional y caprichosa, que así como nace con bombos y platillos con la presentación oficial del elenco, florece con el llamado trabajo de mesa, los ensayos, las pruebas de vestuario, las rivalidades, el flirteo indiscriminado, se consolida con esos inmensos volúmenes de tiempo dilapidados en esperas, llegadas tarde, crisis de llanto en los camarines, sobremesas en los cafés de los alrededores del teatro, y llega a la cima absoluta con el estreno, así también no tarda en disiparse con las primera funciones, como si todo ese articulado andamiaje social sólo se hubiera puesto en pie para hace frente a las exigencias extremas del estreno, y termina esfumándose pocas semanas después, una vez que la obra baja de cartel y los mimos que un mes atrás habrían dado la vida por cualquier otro miembro del elenco se alejan ahora cada uno en una dirección distinta, en una estampida triste, sin sonido, en busca de algún nuevo contrato de trabajo”.
La acumulación —que algunos llamarán caprichosa— pide mucho pero también eleva. Sería mucho más fácil si habláramos de repostería: las capas forman un todo contundente.
En el Kit Kat me agarré Covid de una chica irlandesa, rechacé drogas sintéticas, pagué tragos con los euros que tenía en la media —al entrar, escena dantesca, te obligan a dejar tus pertenencias, el teléfono, la ropa de calle, tu self anterior, en una bolsa que te devuelven al salir— bailé muy mal tratando de verme cool, y admiré cómo Kris se besaba con etéreas chicas pasajeras. La escena del Kit Kat podría seguir: todo el mundo semi desnudo practicando variantes del placer. Cuando se la conté a Hoffmann, por teléfono, ese miércoles siguiente, me criticó. Nada más conservador que sentirse moderno, dijo. Lo difícil, agregó, es el amor que dura, las relaciones profundas, los vínculos. Estoy harto de Hoffmann.
Al día siguiente, siempre hiperbólico, le conté del Kit Kat a Pauls. ¿Por qué hago estas cosas? Casi no lo dejo hablar. Me ocupé de que supiera de todas mis recientes osadías. Me sentí muy berlinés. Con un futuro literario por delante. En fin, etcétera. ¿Cómo se aprende a entrevistar a alguien? ¿De qué habló Pauls? A pesar de mi turbulencia, le hice dos preguntas concretas. Sobre frases largas. Sobre diarios. ¿Cómo las escribía? ¿Era de un tirón, o de a poco, agregando? No quiero citarlo de memoria —y erróneamente— pero mencionó, creo, cierta ansiedad: quiero poner todo, que la frase lo ocupe todo, congestionarla de sentido hasta que no tolere una palabra más. (Quizás “congestionar” lo agregué yo).
La segunda pregunta fue sobre diarios. En esa época batallaba con mi tesis doctoral sobre el tema. Pauls tiene un ensayo, “Las banderas del célibe”, que releo todo el tiempo. En ese escrito define al diarista como un “coleccionista sin gusto”. ¿Y los suyos? ¿Tenía diarios Alan? ¿Podía escribir así nomás, a las apuradas, mal, para no olvidarse una frase? ¿O todo, incluso los diarios, era un acto deliberado de composición? ¿Un acto de escritura?
Dos días más tarde volví a Barcelona. Caí en cama con Covid. Echado con mis notas intenté darle forma a la entrevista, a las charlas con Kris, al proyecto de libro. ¿Cómo se escribe El factor Pauls?



