Los naranjos de los patios árabes
Mirando de reojo las redes de contención
Por Agustina Blaquier
Ayer comí un dorayaki.
Comí es un decir: más bien, ayer probé un dorayaki. Lo compré en una patisserie japonesa, a la vuelta del Airbnb; estaba exhibida en el mostrador, junto con toda clase de bellezas coloridas de confección indescifrable. Mi amiga Fran me había regalado Dorayaki, de Durian Sukegawa, y me había quedado la intriga: quería uno. No importaba si desde atrás del vidrio del mostrador me llegaban los rayos de unos rolls verdes como la clorofila o de unas frutillas gigantes que parecían embalsamadas. Pedí mi dorayaki y salí a la calle, a la lluvia, qué más, estando en Londres.
El primer bocado no lo entendí. Me pareció dulce, pero un dulce exótico, con un final confuso. La textura del relleno tenía algo de arenoso. La masa estaba bien, era como morder una nube. Con el segundo bocado confirmé que no era tan dulce como me había anticipado, ni tenía la untuosidad del dulce de leche o de un merengue hecho con almíbar sobre la hornalla. Me pregunté si los japoneses conocerían el dulce de leche, y por qué comerían pasta de porotos si conocieran el dulce de leche. Mía, mi hija, me miraba con desconfianza. Le había contado sobre mi plan de comer un dorayaki esa mañana, después de pasar por el frente de la tercera o cuarta patisserie japonesa. Le compartí un bocado, paradas bajo la lluvia, el dorayaki haciendo malabares entre mis guantes de lana sin dedos y el mango del paraguas. Apretó los labios y arrugó apenas la nariz, pero no dijo nada; yo imaginé que ella no quería desilusionarme, pero que tampoco estaba dispuesta a ir tan lejos para complacer mis fantasías literario-culinarias. No quiso un segundo bocado. Lo que quedaba del dorayaki terminó en un tacho de basura, en la esquina de New Row y Bedford St. Saqué el teléfono y le mandé un mensaje a Fran:
recién comí un dorayaki
una porquería
se comprueba que si hay ganas de escribir, el tema es lo de menos
Habíamos llegado la noche anterior, después de recorrer Andalucía en auto durante dos semanas. A Andalucía fuimos en plan familiar, a buscar el sol seco del invierno y los naranjos de los patios árabes. No importaba que fuera febrero: yo tenía fotos de un febrero unos años antes, en Sevilla, tomando cerveza en un bar sobre el Guadalquivir, en remera de manga corta y achinando los ojos por el sol. El plan surgió en un almuerzo un domingo de octubre, medio improvisado y un poco sobre la hora. Cata, mi hermana, ya había organizado sus vacaciones; yo tenía la idea de viajar, pero no había definido nada, y en ese almuerzo alguien (todavía no logramos ponernos de acuerdo quién) les sugirió a mis padres ir a Andalucía. Ellos tenían un plan pendiente, querían viajar con sus nietos, pero ninguna de las opciones que se habían propuesto hasta ese momento los había entusiasmado demasiado. Hasta que alguien (no nos ponemos de acuerdo quién) les dijo: ¿y si vamos a Granada?
Una semana antes de viajar, descarriló un tren en la ruta Madrid-Córdoba. Todos los trenes al sur quedaron suspendidos hasta nuevo aviso. Alquilamos en Barajas dos autos de tres filas y manejamos seis horas hasta Sevilla, después de viajar doce horas y haber dormido dos, a lo sumo tres, en el avión. En la ruta empezó a llover.
En Sevilla nos recibió la borrasca Leonardo. Veníamos chequeando el pronóstico desde hacía una semana y sabíamos que daban bastante lluvia, pero no era una lluvia constante: se anunciaban periodos de sol alternados con otros de lluvia, todos los días. Todos los días tuvimos momentos de sol, pero Leonardo no nos abandonó lo que duró el viaje, y de hecho fue lo suficientemente violento como para ser bautizado con nombre propio, como los huracanes que destrozan las costas de la Florida y el Caribe. Una noche recibimos un mensaje de nuestro anfitrión del Airbnb, pidiéndonos que cerráramos los postigos y pusiéramos toallas a los pies de las ventanas, porque habían declarado alerta meteorológica y había riesgo de inundación. El municipio suspendió las clases y toda la actividad del sector público, pero Carmen, nuestra guía, nos dijo que seguro estaban exagerando y que cada vez que caían dos gotas el municipio suspendía todo. Esto lo decía mientras trataba de explicarnos el origen almohade de las torres que flanquean a la Puerta del León, con el viento dándole vuelta el paraguas y sacándose el pelo de la cara. Desde Buenos Aires nos llegaban fotos de autos flotando en el Guadalquivir y gente agarrándose de los semáforos para no ser arrastrados por la corriente.
Es verdad que algunas partes del itinerario no pudimos cumplir, pero lo tomamos con gracia: no había tormenta o huracán capaz de arruinar el hecho de que éramos dieciséis personas, la más chica de doce años y el mayor de casi ochenta y siete, viviendo bajo el mismo techo en un palacete andaluz del siglo quince, con patio interno y todo. No pudimos visitar los jardines del Alcázar (cerrados por temporal), ni hacer la visita guiada a los techos de la Catedral (por ser a la intemperie), ni cruzar el puente romano de Córdoba (por un viento huracanado que se levantó en el momento en que salíamos de la Mezquita), ni bajar al mirador del Puente Nuevo en Ronda, desde el cual se sacan las fotos para Instagram (clausurado por condiciones meteorológicas peligrosas). También tuvimos que esperar frenados en varios puntos de la ruta de Ronda a Granada, mientras la guardia civil o el departamento de mantenimiento vial despejaba las rocas y el barro que habían caído por las laderas de las sierras con grúas amarillas con letras negras en los costados. Yo manejaba ese día, y el resto del camino me la pasé mirando de reojo las redes de contención donde la ladera todavía no se había desbarrancado.
Llegamos a Granada cuando estaba oscureciendo. La oficina de Hertz donde teníamos que devolver los autos estaba al lado de la estación de tren. Teníamos tickets para volver a Madrid en el Ave, dos días más tarde. Estacionamos los autos, cargamos las mil valijas, fuimos hasta el mostrador de Hertz y cuando ya habíamos entregado las llaves nos llegó el email de Renfe, a todos al mismo tiempo: se había suspendido el tren a Madrid.
Nos sentamos sobre las valijas a deliberar. Teníamos que devolver los tickets, o cambiarlos por otros, o volver a alquilar los autos, o encontrar alguna otra solución. Mis padres y los más chiquitos se quedaron cuidando las valijas, y los demás fuimos hasta los mostradores de Renfe. El hall era enorme y la estación estaba vacía, había cinco puestos de atención y éramos los únicos clientes. Pedro, mi sobrino, se acercó a uno de los mostradores a pedir información.
-Pero si aún no te he llamado- le dijo la empleada de Renfe. Pedro la miró, desconcertado, y se dio vuelta a mirar el hall vacío. La empleada de Renfe le dijo que tenía que sacar un turno, y que ella lo llamaría. A pesar de su sorpresa, fue hasta el tótem que había al ingreso, sacó un turno, y se paró en el centro del hall.
-Ahora sí- le dijo la empleada. Yo fui con él hasta el mostrador, pero la empleada me mandó a sacar mi propio turno. En algún momento de ese delirio burocrático logramos devolver todos los tickets.
Esa noche, ya instalados en los departamentos, recibí un mensaje de Lucía, la guía que nos iba a mostrar la Alhambra, diciéndome que le había salido un orzuelo y que no iba a poder hacer la visita, que lo sentía mucho pero que nos dejaba en manos de su colega Estéfano, y que por favor no nos olvidáramos de pagarle el plus de los auriculares.
Estéfano hablaba muy rápido, pero sabía mucho, y además su acento era más suave que el de Carmen, y le entendimos casi todo. Con Mía todavía decimos que estamos jarchas como Carmen cuando estamos hartas de algo.
Cuando terminó el viaje familiar, Mía y yo seguimos a Londres.
Llegamos después de las siete. Ya había oscurecido, y llovía, y hacía frío, mucho más frío que en Sevilla o incluso que en Madrid. Tomamos un tren y un subte, y salimos en la estación de Leicester Square. Lo primero que vi de Londres fueron las luces de la marquesina del Hippodrome Casino, las hordas de turistas cruzando Charing Cross Road, los clientes del bar de la esquina amontonados abajo del toldo, tomando cerveza en la vereda, la gente entrando y saliendo de la boca del subte, los paraguas interminables. Nuestro departamento quedaba a dos cuadras de la estación; era un cuarto piso por escalera. En el camino uno de los paraguas se dio vuelta con el viento y se rompió.
El departamento tenía un cuarto separado del sector cocina-living, lo que nos pareció un lujo para ser Londres. El baño era una miniatura, y la ducha tenía poca presión, pero el agua salía muy caliente. El cuarto era grande, estaba alfombrado de pared a pared con una moquette que se veía mullida y limpia, y la cama era enorme, con un plumón gordo y con sábanas blancas impolutas. No podía terminar de decidir si me gustaba el departamento o lo odiaba. Quería meterme abajo del plumón sin sacarme la ropa ni las botas, pero también tenía hambre. Nos abrigamos mejor y salimos a buscar un lugar para comer. Antes de salir me lavé los dientes y me golpeé la cabeza con el botiquín.
Seguía lloviendo, y solo teníamos un paraguas. Hacía más frío que al llegar. Yo llevaba el paraguas y Mía buscaba restaurantes en Google Maps. Veníamos de dos semanas de tortillas de patatas y buñuelos fritos y ya no queríamos ver una tapa más por el resto de nuestras vidas. Pasamos por un restaurante italiano; Mía ya lo conocía, había ido con una amiga el año anterior, cuando estuvo en Londres por un intercambio. Ninguna de las dos quería comer pasta; acordamos volver como último recurso, si en los próximos quince minutos no encontrábamos nada mejor. También nos espantamos con los precios, viniendo de Sevilla donde todo salía 10 euros; en Londres todo salía el doble o el triple, y encima en libras. Hice la cuenta para pasar de libras a euros y de euros a dólares el primer día y después me entregué. Cuando estábamos por darnos por vencidas y volver al restaurante italiano, se nos cruzó una callecita peatonal, que daba a una especie de patio abierto, con dos o tres restaurantes. Dos de ellos eran asiáticos. Decidimos entrar a uno un poco por descarte, y porque teníamos hambre y frío y estábamos cansadas. Queríamos comer y meternos abajo del plumón de una vez. Pedimos un curry verde porque nos pareció lo más fácil, el mismo para las dos.
La comida vino enseguida. Yo me había pedido una copa de vino blanco, ya había tomado un par de tragos y se me había empezado a ir el frío del cuerpo. Acerqué un poco la cara, disimulando para que no se notara que estaba oliendo la comida, y antes de probar el curry le dije a Mía: huele como una flor. Mía lo probó primero. Levantó la mirada y los ojos se le pusieron redondos. Probá, me dijo. Comí un primer bocado y entendí los ojos de Mía. Comí el segundo, y tuve que sacar el teléfono y mandarle una foto y un mensaje a Fran:
siento que estoy comiendo una peonía



Es difícil encontrar algo de comer que se adapte a nuestro paladar cuando hacemos turismo.