Por Hilario Gonzalez
El agua del arroyo fluye casi en silencio. Voy haciendo mucho ruido al abrirme paso, puteando cuando me pincho y gimiendo cada vez que me engancho o me tropiezo. Los teros me gritan desde lejos y se van volando en direcciones opuestas para despistar. Encuentro un puente, lo cruzo y me topo con un cartel volteado y todo abollado: Arroyo de los Huesos.
Adelante veo la base de una antena de telecomunicaciones que vengo siguiendo desde lejos. Miro el celular y nada. No hay señal. Vero, en el camping, va a pensar que me fugué. Levanto el teléfono en dirección a la antena, como si eso fuera a cambiar algo. No hay caso.
Continúo bordeando el arroyo que serpentea al pie de las sierras, siguiendo el vaivén de la pendiente entre las rocas. En un ancho de veinte metros a cada lado crecen acacias negras, chañares, álamos y otros arbustos espinosos. Avanzo como un conquistador en terreno hostil. Aun en pleno otoño el follaje es abundante, entrelazado. El sol entra cada tanto, débil, parece un farol de querosén. Las ramas y los troncos inclinados han ido creciendo en forma caótica y se entrecruzan formando una maraña difícil de transitar sin machete.
Algunos árboles derrumbados encima de otros cruzan la huella que venía siguiendo y tengo que buscar una vuelta para pasar. Por momentos me agacho y me arrastro. Meto las zapatillas en el barro y en el agua todavía escarchada del arroyo para esquivar la osamenta semienterrada y casi intacta de una vaca, o de un caballo.
La mayoría de las plantas tienen espinas duras y gruesas, algunas de más de cinco centímetros. Tengo miedo por mis ojos y me cubro con las manos y los antebrazos. Ya me raspé la cara varias veces. Algunos rasguños soltaron un débil hilito de sangre. Debo tener la campera rasgada en la espalda porque varias veces sentí que las espinas me habían enganchado desde atrás.
Cuando al fin salgo de la espesura que bordea el Arroyo de los Huesos, el sol del atardecer me pega directo en los ojos. Por fin me liberé de ese planterío que me retenía con sus garras monstruosas.
Hago visera con las manos. Ni bien se me aclara la vista, me doy cuenta de que hay un rancho en la base de la antena y que sale humo de una chimenea. Todavía estoy a unos cincuenta metros. Me agacho y me quedo quieto, reconociendo el terreno, a la expectativa, por si hay gente. Llamarlo rancho es mucho decir. Debe ser la casilla que ha servido para algo relacionado con la antena y sus transmisiones. Tiene una sola puerta y una sola ventana sin vidrios. La ventana está tapiada desde adentro con chapas oxidadas. La chimenea que larga el humo que vi de lejos es, en realidad, una lata de aceite STP puesta en un agujero del techo. A un costado de la casilla hay un toldo, una lona de camión que cuelga panceada de unos palos.
Alrededor del rancho, en un amplio semicírculo de unos diez metros, no crece el pasto, la tierra está seca y cuarteada. Debajo del toldo tampoco hay pasto. Pienso que el lugar podría estar habitado. Por las dudas, no avanzo más. A pocos metros del rancho hay un Chevrolet de los sesenta arrumbado contra una pila de escombros. La carrocería de color celeste no tiene vidrios, ni ruedas, ni asientos. De una de las ventanas traseras sale un palo retorcido que termina en forma de horqueta. Un alambre va desde ese palo hasta la rama de un árbol seco que hay más atrás. En el extremo veo dos remeras. Han sido recién colgadas porque todavía chorrean agua. Descubro a una mujer agachada. Me cuesta reconocerla porque su ropa, su cuerpo y su pelo se camuflan con la tierra y los pastizales secos que hay alrededor del rancho. La mujer estaba lavando la ropa en una palangana de metal, pero me está mirando fijo. Seguramente me ha visto desde que salí del bosque, o me ha sentido venir.
Ni bien cruzo la mirada con la mujer, ella gira su cabeza hacia la izquierda y yo imito ese movimiento en espejo. Trato de no mostrar miedo cuando noto la presencia de un hombre con el torso descubierto. El hombre es enorme, muy panzón y muy peludo en la cabeza y en todo su cuerpo. Está descalzo y tiene puesto un pantalón de trabajo bastante roto. Avanza un par de pasos y se queda mirándome con la cara muy seria. Tiene los brazos y las manos manchados de sangre. Pienso en irme, pero me quedo petrificado. El hombre apoya su mano derecha en un chancho de monte que cuelga de uno de los parantes del techo de lona. Levanta un cuchillo en su mano izquierda y lo cambia de mano para rascarse la barba con el filo, mientras me mira de arriba abajo. Me esfuerzo en soltar una sonrisa a medias.
Un chancho carneado está colgando de las patas traseras. El animal mide casi tanto como el hombre. Está abierto como un libro en las páginas centrales. Ya ha sido vaciado y el interior de las costillas se ve limpio. Por las patas delanteras chorrea una sangre espesa que forma un hilo casi negro que cae en una lata en el suelo.
Cerca del animal, apoyada sobre un cajón de Pomelo Neuss, está su cabeza y tengo que reprimir una arcada. Una nube de moscas verdes revolotea alrededor del hombre, del chancho y de todo el conjunto sanguinario.
Todos nos quedamos quietos. Nadie dice nada. La escena es un cuadro costumbrista donde lo único que se mueve es el humo y las moscas. No me atrevo ni a saludar. El hombre empieza a pasar el cuchillo por una piedra de afilar. El movimiento que hace es firme, suave y lento con la parsimonia de un peluquero que se prepara para afeitar a un cliente. Cada tanto limpia el cuchillo en un pedazo de cuero que tiene colgado en la cintura y continúa afilando con delicada concentración y paciencia, haciendo como si yo no existiera.
No muy lejos del hombre, sentado en un cajón de frutas, hay un pibe de unos doce años. El muchacho está desarmando y limpiando una escopeta de dos caños que parece de la época de la Revolución de Mayo. Mete y saca alternativamente de ambos caños un fierro con un paño engrasado en la punta. Los brazos casi no tienen músculos. Se le notan los movimientos de las costillas y los omóplatos.
La señora me habla, me dice algo que no entiendo, pero sí escucho que me llama “patrón”. El hombre y el niño dejan de hacer lo suyo y se ponen en alerta. Me miran sin hacer un solo gesto. Tienen los pómulos muy huesudos, los ojos chicos, oscuros, hundidos en el rostro. Los pelos desordenados, mal cortados. Son la versión joven y adulto de una misma persona.
—Pase, patrón, hágase amigo —me repite la mujer.
—No. No soy patrón, señora. Ando perdido nomás, pero ya me voy.
Retrocedo dos pasos y ahí me quedo, a la expectativa, no sé qué más decir. No quiero que se sientan invadidos. No sé si me conviene irme y que parezca que escapo.
¿Cómo les puedo explicar? ¿Cómo hago para decirles que estoy buscando señal de celular? ¿Me creerán?
Escucho un ruido a mi derecha. Son tres chicos de unos cuatro años. Están jugando en un charco de barro cerca del fuentón de la ropa. Son dos nenas y un nene. Están completamente desnudos, entreverados en un juego con varios perritos. Parecen todos animales de la misma camada. Una perra con las tetas apoyadas en el suelo está sentada en un triángulo de sol a un lado de la mujer que lava la ropa. Cuando la mujer les dice que se queden quietos, los niños me miran fijo, serios, con sus caras huesudas. La perra hace un esfuerzo, se incorpora y también me mira.
Todo el patio, por así llamarlo, está bastante ordenado y limpio. Ahí están jugando los chicos y los perros, es también el lugar de trabajo, de lavado de la ropa, es el lugar donde la familia está haciendo sus tareas domésticas. Es claro que estoy de más, que rompo la intimidad. Descubrir eso me hace sentir todavía más incómodo.
La mujer me invita a pasar de nuevo, me dice que muy pocas veces viene gente por aquí. Sonríe. Deja de lavar, se pone de pie, se seca las manos en el delantal que cubre su pollera y se acerca al lado de su hombre. Trato de guardar el celular en el bolsillo. No me animo a dar un paso al frente ni a retroceder.
—José acaba de cazar este chancho, es para nosotros —me dice—. Se lo podemos dejar a un buen precio, si usted gusta, patrón.
Digo que no con la cabeza y la mujer insiste. Mi cabeza no deja de negar, despacio, para que no parezca desprecio. Mientras la mujer trata de convencerme, siento que tengo que desaparecer tan fugazmente como llegué, como si nunca hubiera estado aquí. No sé cómo hacer, pero no puedo llevarme el chancho solo para complacer a esta gente.
No necesito un chancho muerto y no hay forma de atravesar el bosque de espinas con ese animal al hombro. Tampoco me imagino aparecer en el camping, delante de Vero, con un chancho desollado en mis espaldas.
Como ven que no cedo, el hombre y el muchacho, por suerte, pierden el interés y vuelven a sus tareas. El hombre rasga el cuarto trasero del chancho. La hoja del cuchillo penetra la carne varias veces, sin ningún esfuerzo. El muchacho arma la escopeta con una delicada habilidad. Parece que podría hacerlo con los ojos cerrados.
Busco una salida con la mirada. Detrás de la carrocería del Chevrolet hay un cañaveral que se mueve con el viento como el oleaje de un mar impenetrable. Alrededor de la base de la antena hay un cerco de alambre tejido que tiene algunos huecos, pero no veo bien dónde se interrumpe y podría quedar atrapado en esa red. Más atrás continúa el bosquecito de acacias negras a lo largo del Arroyo de los Huesos. Está muy lejos. No creo tener chances si salgo corriendo hacia adelante.
Algunas bandadas de pájaros rompen el silencio. Son como nubes negras que chocan y cambian de forma, como una cabellera despeinándose al viento, una sábana negra flameando en el cielo. Los pájaros chillan, gritan a varios metros de nosotros, yendo y viniendo entre el bosque y el cañaveral.
Aprovecho el ruido para hablar. Les digo que soy un turista, lo cual es casi una estupidez por lo obvio; que salí a caminar y me perdí; que quiero volver al asfalto a ver si alguien me levanta y me lleva de vuelta a Boca de la Sierra; que estoy parando en el camping de Abel. Menciono el nombre del casero con la esperanza de que lo conozcan.
Mientras digo estas palabras me voy moviendo para el costado, muy despacio. Trato de ser leve, me dejo llevar por el viento, sin que se note que me estoy fugando de la escena. Mi intención es volver por donde vine, volver al bosque espinoso y retornar a Boca de las Sierras siguiendo el arroyo en sentido inverso.
Levanto las manos saludando y retrocedo hacia el bosque. Quiero demostrar que no tengo malas intenciones y que ya me voy. El hombre deja de pelar el cuero del chancho y gira como para ponerse frente a mí. Me quedo quieto otra vez. El hombre mira la hoja ancha contra la luz del sol. La toca con un dedo para comprobar si está filosa y vuelve a mirarme. Se rasca la nariz. Pienso que tal vez los ofendí cuando rechacé al chancho.
—Oiga, don, ¿le puedo dar un consejo? –Tal vez la mujer se dio cuenta de mi nerviosismo.
Digo que sí con la cabeza.
—El borrego que se aísla corre solo a su suerte y eso será su muerte. Dice el dicho. Pero no tenga miedo, don —sigue hablando la mujer—, no le vamos a hacer nada, ¿sabe?, patrón.
Si me matan acá mismo, difícilmente encuentren mi cuerpo. Vero se va a quedar muda, sin saber la verdad, va a pensar que la dejé como esos maridos que van a comprar cigarrillos y nunca vuelven. Pienso en nuestros hijos, en Buenos Aires, en la casa de mis suegros, vuelvo a pensar en Vero esperándome, enojada. En que esta escapada era para recomponer la relación.
Miro dentro del auto, como si pudiera escaparme en ese Chevrolet celeste sin ruedas ni motor. El sol del atardecer rebota en el techo del auto, donde se juntó un charquito de agua. Una bandada de cotorras cruza el cielo. Siento un frío creciendo desde los pies y me petrifico.
El hombre escupe para un costado, sin dejar de mirarme. Pasan dos segundos. Estamos frente a frente, como en un duelo entre cuchilleros, solo que yo no tengo cuchillo. El chico se para al lado de su padre, agarra la escopeta del cajón Neuss y me apunta, tal vez para jugar. El hombre apoya su mano sobre el cañón y se lo hace bajar.
El hombre limpia la hoja del cuchillo en el cuero ensangrentado que cuelga de su cintura. El muchacho vuelve a sentarse cerca del cajón de Pomelo Neuss, y se queda apuntando al suelo. Los chicos desnudos y los cachorros dejan de jugar y se me quedan mirando. La señora me hace una última oferta:
—Llévese la cabeza del chancho. Doscientos pesos.
La sostiene de las orejas y de la nuca, y la levanta para mostrármela mejor. Mi cabeza niega en forma obstinada. Tengo la sensación de que si no hago algo ahora mismo, voy a morir en este paraje. Mi cuerpo va a quedar debajo de la pila de escombros y nadie me va a encontrar. Nunca.
—Okay —digo, y me siento más desubicado todavía.
Le digo a la mujer que acepto llevar la cabeza del chancho. Meto la mano en el bolsillo y se me escapan unos billetes al aire. La mujer manda a los chicos a buscar los seis billetes que se volaron hacia un pastizal.
A una orden del hombre, el chico deja la escopeta y me alcanza la cabeza del chancho. La embolsa como si fuera una pelota pesada. Me enseña cómo tengo que agarrarla. La sostengo con ambas manos, por las orejas y con dos dedos en el hocico. Pesa como un bebé gordo y todavía está caliente. La cabeza del chancho es muy incómoda para llevar. Me inclino hacia adelante varias veces, haciendo una reverencia, sonriendo como un japonés. El hombre me mira de reojo, cambia la empuñadura de su cuchillo para señalar una dirección usando la hoja ancha que gotea sangre espesa en cámara lenta sobre la tierra.
—Para allá está la ruta —me dice.


